CADA CUENTA, UN ROSA
(Leyenda piadosa de Burgos[1])
MENSAJE: ¡Qué generosa la Virgen María! Por cada piedra, devuelve una rosa.
Tal vez, al pasar por Burgos, habréis comprado en la famosísima Cartuja de Miraflores[2] uno de esos rosarios con cuentas engarzadas en cadenita de plata, que despiden olor suave y agradable, como un jardín colmado de rosas en primavera.
También en otros monasterios confeccionan esos perfumados rosarios. Y el Hermano que los facilita al piadoso visitante, no se olvidará de decirle:
⎯Cada cuenta es una rosa prensada y convertida en perla...
Había una vez un Hermano llamado Fray Jacinto, rudo y sin labrar como un roble en las montañas de Castilla; pero cándido y bueno como un pedazo de pan.
Cuando llamó a las puertas del convento, pidiendo la misericordia de Dios y de la Orden para hacerse santo, el Prior comprendió que ni traía letras ni cabeza para recibirlas. Pero lo aceptó por lo bueno que parecía, y le encomendó guardar unos rebaños que poseía el monasterio. El Hermano Jacinto quedó muy complacido por este servicio que podía prestar, ya que así disponía de tiempo para hablar con Dios, mientras sus ovejas y corderos comían hierba o bebían en el regato.
Cada día, al caer la tarde, volvía al monasterio, entendiendo el idioma del crepúsculo y, de los pajarillos y de las flores. Para él, todos eran mensajes de Dios.
Pronto se divulgó entre los Hermanos el nombre de Fray Jacinto como modelo de bondad y sencillez. Hasta llegó a susurrar que el Hermano veía a la Virgen cuando estaba en el campo, y que Ella le cuidaba el ganado mientras él rezaba. De lo contrario, no se podía explicar cómo nunca se le había extraviado una res ni el lobo había bajado en invierno para hacer destrozos en el rebaño.
La historia no dice si era verdad que la Virgen se apareciese a Fray Jacinto y le cuidase los corderos; pero sí dice que el Hermano era muy devoto de la Señora y que todos los días le ofrecía el obsequio de su Rosario. Esta oración a Maria constituía para Fray Jacinto una oblación dulce y sagrada, que por nada del mundo quería quebrantar.
Y ahora entramos en el dominio de la leyenda piadosa y perfumada.
Una mañana de octubre, cuando salia conduciendo su rebaño hacia la pradera de siempre, advirtió que no llevaba pendiente del cinturón la cadena de su rosario.
Por olvido, se le había quedado colgada allí, de un clavo, sobre la cabecera del leche, donde solía ponerla todas las noches cuando se acostaba, para que presidiera su descanso.
¿Cómo rezar ahora el Rosario a María?
El candoroso Fray Jacinto tuvo una buena idea; ala vera de un pequeño lago donde abrevaba el ganado, crecía un juncal. Arrancó varios juncos verdes; y en ellos, como si fuesen cuerdas, fue engarzando unas piedrecitas que separaba, de diez en diez, con un palito atravesado. Así improvisó un hermoso rosario silvestre: Con él ofreció sus Avemarías a la Reina del cielo.
Y Nuestra Señora se lo premió. Cuando le llegó la hora de volver al convento, conduciendo su rebaño como todas las tardes, dejó colgado de la rama de un enebro, por si lo necesitaba al día siguiente, aquel ruedo de piedrecitas atadas con juncos.
A la mañana siguiente, después de haber oído plácidamente la Misa de los monjes, salía el Hermano para cumplir su deber diario, conduciendo el ganado al monte. Se acercó al enebro para descolgar el rosario y encontró en su lugar una guirnalda de rosas blancas separadas de diez en diez por una rosa de rojo color.
Aquel era el rosario que la Reina de las flores había cambiado por el rosario de Fray Jacinto.
La noticia se corrió por el monasterio, y el Padre Prior decidió que aquel regalo de la Virgen a su fiel devoto debería ser perpetuado en favor de todos los devotos de María.
⎯Pero...¿cómo lo podremos hacer? ⎯ preguntó humildemente Fray. Jacinto, sin dar importancia a lo ocurrido.
⎯Convirtiendo cada rosa en una cuenta de rosario⎯respondió el Padre Superior.
Y los monjes se apañaron para hacer esa conversión.
Primero con instrumentos sencillos, luego con medios más modernos, han sabido comprimir y conservar tan perfectamente las rosas fragantes de Castilla, que cada una ha quedado convertida en una cuenta de rosario, tambo en también fragante y perfecta.
Parece que el intenso cielo azul y el clima duro debía tierra concentran en las rosas aroma y devoción que se perpetúan en esas cadenitas de plata con cuentas perfumadas.
Así resulta más grato a los devotos de María ofrecerle el homenaje del Santo Rosario, saludándola como Reina del cielo, y refugio de pecadores.
NOTAS DE PIE DE PÁGINA:
[1] Narracion recogida, redactada, y citada por el P. José-Julio Martines, SJ, Ochenta leyendas, ochenta mensajes, Edapor Madrid 1984, p. 44-47. ISBN:. 84.85662-35-0.
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